“Soy capaz de romper un corazón por ver lo que tiene adentro, a trueque de matarme yo mismo sobre los restos de ese corazón.”
La primera vez que recibió un correo con ese texto, pensó en mil posibilidades: desde que él era un destinatario equivocado, hasta que dicho mensaje fuera algo así como una amenaza de muerte. El remitente solo contenía las iniciales C.C., lo mismo que el nombre del correo.
Pero lo que comenzó como una extrañeza anecdótica, se volvió algo cotidiano, pues diariamente recibía exactamente el mismo correo. Ni su jefe ni la odiosa prima de los “forwards” le mandaban tantos e-mails. Fue así como se acostumbró a ver el mensaje, hasta el punto de ya no inmutarle en lo más mínimo. Al poco tiempo ya no abría ningún correo de C.C.
Sin embargo, el saber que alguien se tomaba la molestia de escribirle todos los días le hacía sentir bien. “Al menos una persona lo hace sin pedirme nada”, se decía a sí mismo.
El extraño rito se repitió durante mucho tiempo, pero llegó el día de abrir la bandeja de entrada y no ver a C.C. La misma sensación de extrañeza regresó, como la primera vez. Durante meses echó de menos no recibir ningún correo misterioso. Se decidió entonces a abrir cada correo de esos que se acumularon sin cesar. Comenzó del más reciente al más antiguo, pero después de abrir el último correo recibido, no pudo continuar.
“Me cansé de esperar una respuesta. Me fue imposible abrir tu corazón, pero matarme esta noche, esa es una certeza que solo puede romper tu respuesta antes de las 6.”
El calendario apuntaba octubre. El correo decía marzo.
Después de algunas necesarias ausencias (algunas, pero no todas, debido a la influenza) regresé al taller con este ejercicio. Se trataba de hacer un pequeño cuento a partir de la primera frase, de la autoría de Horacio Quiroga. Anteriormente, intentamos hacer el mismo ejercicio en grupo; algo así como lo que se llama un “cadáver exquisito”. Fue un desastre.
Como siempre, dejo abierto este espacio a cualquier tipo de comentarios. La retroalimentación básica de mis compañeros fue que mi cuento “es muy moderno”.
Escrito por El Pasajero 